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sábado, 6 de agosto de 2016

NUESTRO NACIONALISMO

El siguiente es un pequeño escrito de la Confederación de Agrupaciones Nacionalistas (del cual formamos parte) donde se explica en palabras simples y muy resumidas cuales serían los lineamientos ideológicos y programáticos del nacionalismo en los temas que más incumben a las personas de "a pié".

NUESTRO NACIONALISMO


¿Qué es el Nacionalismo?

Es la doctrina que lleva la idea de “Nación” a una realidad concreta: la identidad de un pueblo, sus raíces, su historia, sus héroes, su memoria, su independencia cultural, política y económica. Hace de esta herencia un presente que tiene un fin: la UNIDAD de toda la Nación con un pasado en común y un futuro que nos debe encontrar hermanados. El Nacionalismo es el Amor a la Patria llevado a su máxima expresión. Es la única solución de un país en emergencia y una sociedad en vías de desintegración como el nuestro.


¿Puede ser una solución el Nacionalismo a los problemas de la Argentina?

No hay duda que sin la UNIDAD, plantada en la memoria del pasado fundacional, no puede haber solución a los problemas del hoy. El Nacionalismo podrá aportar soluciones concretas siempre teniendo presente esta idea de fondo. No hay soluciones mágicas, hay soluciones coherentes con la idea de una comunidad que marcha unida y que por supuesto contempla matices y diversas miradas pero que no acepta atentados contra esa misma UNIDAD que es la comunidad, su soberanía y su libertad.


¿Tiene enemigos el Nacionalismo?

Tiene los mismos enemigos que tiene la Argentina y que están presentes en el Sistema de Dominación que la gobierna en la actualidad con los resultados a la vista. Ese sistema es internacionalista y global y consiste en Democracia de Masas en lo político, donde nadie sabe en definitiva a quien elije y en la práctica el poder recae en manos de una casta de políticos profesionales hipercorruptos: la partidocracia; Capitalismo de raíz financiera en lo económico, donde la economía es manejada por otra casta, la de los usureros de la banca, las empresas transnacionales y "los mercados" integrados en general por especuladores que hacen fluctuar cíclicamente las variables económicas a su antojo y favor y contra los intereses mayoritarios. Progresismo o marxismo cultural, residuales de aquella opción marxista que se presentaba en etapas que conocimos como la Guerra Fría. Su consecuencia es la destrucción de la cultura, la ridiculización de la religión, la moral y el sentido común. La negación de la Patria, la destrucción del principio de autoridad y la familia natural. Su finalidad es el caos social como el que vivimos hoy. Su principal arma son los medios de comunicación, los "intelectuales" y en no pocos casos la curricula educativa de los colegios y universidades. Un humo insoportable que pervierte la cultura y las mentes llamando al mal bien y al bien mal.


¿Qué propone el Nacionalismo?

Sobre la base de esa UNIDAD en la diversidad, brindar soluciones concretas a los problemas de hoy. Esas soluciones tienen que ver con un orden Político natural. Busca realizar un cambio radical en lo político, económico, social y cultural.
Pretende establecer una República Patriótica, Social y Orgánica que se opone radicalmente al sistema actual. Recuperar el amor a lo nuestro, defender la soberanía, tanto territorial como económica y cultural, restaurar los valores desconstruidos por años de perversión cultural, moral y espiritual impulsada por el progresismo o marxismo cultural. Poner en vigencia la justicia social luchando contra la miseria material que azota a casi la mitad de nuestros compatriotas impulsada por el flagelo de la deuda externa y el liberalismo. Sentar las bases de una representación real basada en las verdaderas fuerzas de la comunidad y desechando a los representantes de una partidocracia canallesca, corrompida, entreguista y antinacional. Sostenemos la representación orgánica y la primacía del Bien Común sobre los bienes particulares. Queremos Patria, Pan y Justicia para todos los argentinos. Ello se dará con la fundación de otro Estado, opuesto a este, que creado por el liberalismo, esclaviza, vacía y destruye a la Nación desde hace más de siglo y medio.



VEAMOS ALGUNAS PROPUESTAS CONCRETAS

¿Qué propone el Nacionalismo respecto de la inseguridad?

La Inseguridad es un coctel formado por la destrucción cultural (progresismo), la miseria económica (Capitalismo liberal) y la perversión política (partidocracia) el progresismo es partidario de la permisividad y la destrucción de la autoridad y se plasma en el garantismo penal (impunidad). El sistema económico ha sido una maquina de crear pobres y de destruir la cultura del trabajo (miseria material y moral) y la partidocracia es la que plasma en medidas políticas el progresismo y el sistema económico injusto y corrupto. Por lo tanto para lograr que se revierta va a ser necesario terminar con el sistema que la produce y recicla. En el "mientras tanto" se puede obligar mediante presión al sistema a cambiar las leyes y los jueces que las aplican, y que en ambos casos permiten que estén en las calles delincuentes y depravados, que se cumplieran efectivamente la totalidad de las penas impuestas, sin beneficios de ninguna naturaleza. Que se cambien los programas de las facultades de derecho verdaderas fábricas de jueces garantistas saca presos


¿Qué propone el Nacionalismo ante la corrupción institucionalizada?

Propone la cárcel efectiva, de cumplimiento severo, bajo el cargo de Alta Traición a la Patria, para quienes utilicen los dineros públicos en beneficio de intereses personales o de sector. La imprescriptibilidad de las penas y acciones judiciales contra corruptos. Propone la aplicación del antiguo pero eficaz Juicio de Residencia; por el cual se revisaba y se investigaba todo lo actuado por los funcionarios antes de abandonar el cargo.


¿Qué propone el Nacionalismo sobre los Derechos Humanos?

El primer Derecho Humano es el derecho a la vida, por lo que propone una irrestricta defensa del niño por nacer. Así mismo, y atento a que todo hombre tiene el deber de fidelidad a la propia comunidad que integra (la Familia y la Patria, principalmente); propone que se garanticen todos los Derechos derivados y en relación con esta obligación; pues no puede haber derechos que atenten contra el Bien Común de la sociedad a la que se pertenece.


¿Qué propone el Nacionalismo ante el Narcotráfico?

La lucha sin cuartel con entidades policiales especializadas pero que mantengan independencia con respecto a las organizaciones internacionales que en realidad ejercen un control y regulación del mismo narcotráfico que dicen combatir. Denunciar que el dinero de ese pútrido negocio hace funcionar la mecánica de las finanzas globales (las mismas entidades bancarias que nos asfixian con la Deuda Externa). Castigar severamente a los narcotraficantes, a quienes lavan el dinero, y lograr el tratamiento a los enfermos que hoy en día son dejados sin asistencia por la postura progresista del “dejar hacer”.


¿Qué propone el Nacionalismo sobre la Deuda Externa?
 
En principio el Nacionalismo sostiene desde siempre que la llamada Deuda Externa es una estafa y un elemento de dominación de las finanzas y las potencias mundiales. En consecuencia debe estudiarse su raíz, su real legitimidad. Este estudio es de vital importancia y de su resultado depende el camino a seguir. Su lema es “las deudas se honran, las estafas se denuncian”.


¿Qué propone el Nacionalismo sobre la pobreza?

La pobreza, traducida en hambre, es en nuestro país una carga moral que no tiene proporción con los enormes recursos de la tierra. Los bienes recibidos por la Nación deben ser fruto de una equitativa distribución de la riqueza. La justicia social es para el Nacionalismo –lo ha sido desde hace casi cien años- una deuda que debe zanjarse antes que cualquier otra. Y debe hacerse de manera equitativa: ni la dádiva que mal educa en la subcultura de la alegre desocupación ni aquella que con una caja de alimentos pretende ser una solución digna. Deben atenderse las emergencias y diseñar políticas de trabajo social, de solidaridad, y activa participación estatal y la creación de puestos de trabajo reales. Nuestro país necesita una política económica que tenga como prioridad satisfacer la demanda real en lugar de estimularla artificialmente. Se necesita un sistema económico en el que se busque cubrir las verdaderas necesidades de todos los argentinos y no uno basado en la creación compulsiva de necesidades y nuevos mercados sobre una constante promoción del deseo de productos y servicios no esenciales. Eso sería realmente un ataque a la esencia del sistema capitalista y un ataque a la pobreza. Es esencial que todos se alimenten y vistan y no es esencial que algunos tengan celulares de última generación o autos de alta gama. En consecuencia deben diseñarse políticas de inversión coherentes.


¿Qué propone el Nacionalismo frente al Capital y el Trabajo?
 
Propone una solución de conjunto. Ni la aceptación del un “capitalismo salvaje” que esclaviza al hombre ni el reclamo desproporcionado de sectores interesados. El Estado debe arbitrar una solución consensuada donde no haya espacio alguno para la injusticia. Se debe implementar una legislación donde el trabajador participe de la producción de la riqueza conforme un ordenamiento natural mediante las organizaciones que le son propias, el nacionalismo propone para tal fin los Fondos por Rama de Producción


¿Es posible un gobierno Nacionalista en un mundo que promueve la idea de Aldea Global?

Por supuesto que es posible. Y lo afirmamos con absoluta convicción ya que la Argentina es un país lleno de recursos y que está entre los primeros del mundo en cuanto a su riqueza de todo tipo. Esta conciencia de los beneficios debe convencernos que no somos “una nación más”. En el concierto mundial somos un país altamente beneficiado que debe hacerse respetar y sin políticas amenazantes construir lo que otros han destruido: una Nación seria, que explota sus recursos sabiamente. Una Nación con voluntad de establecer relaciones con todo el mundo y cuya independencia no puede ser sometida a los intereses de una Aldea Global que no son otros que los de las potencias financieras internacionales.

https://www.facebook.com/ConfederaciondeAgrupacionesNacionalistas/posts/1007645812684417:0

domingo, 26 de junio de 2016

LA TRAMPA DIALÉCTICA


Por Edgardo Atilio Moreno

Cada nueva elección nos obliga a decir lo que tantas veces y con tanto énfasis se dijo desde las páginas de Patria Argentina: se impone a los argentinos una trampa dialéctica destinada, por un lado, a ocultar la realidad, y por el otro, a crear falsas opciones.
El fin evidente de esto no es otro que el de evitar cualquier reacción genuina en contra del Sistema o Régimen de dominación o bien controlarlas y mandarlas a vía muerta en caso de producirse. Es lo que Santiago Roque Alonso definió con precisión como “una dialéctica para giles”.
En estas coyunturas los operadores del Sistema ponen en juego todo su arsenal de técnicas psicopoliticas para confundir y engañar a los ciudadanos acerca de la verdadera naturaleza de los problemas que aquejan al país y para dividirlos en enfrentamientos manipulados detrás de bambalinas.
Los medios de comunicación y todo el aparato educativo y cultural del Sistema le impiden al ciudadano común darse cuenta de la sutil tiranía que padece y encontrar una salida a la crisis.
Esta acción de encubrimiento es fundamental para el mantenimiento del stablishment pues sin las falsas opciones intrasistemicas, sin este engaño dialéctico, el Sistema de dominación no se podría mantener.
La historia universal enseña al respecto que cuando los hombres no encuentran al menos soluciones aparentes dentro de un determinado sistema político tarde o temprano las buscan por afuera, y esto puede ser muy peligroso para los amos del dinero. Por ello es que tratan a toda costa de mantener resignados a los pueblos debatiendo sobre que opción es menos mala para elegir.
En la Argentina de estos últimos tiempos el principal antagonismo que se plantea falazmente es el de la remanida dialéctica de izquierdismo-progresismo, versus, liberalismo-conservadorismo.
Esta opción es absolutamente tramposa. En realidad no existe ninguna contraposición esencial entre ambas caras del Sistema. La prueba esta en que el gobierno sostiene, sin ningún tapujo y en perfecta coherencia, una política cultural progresista al tiempo que aplica una política económica obediente de los centros financieros internacionales.
De modo entonces que el primer desafío que tenemos los nacionalista es el de desenmascarar esta falsa dialéctica; es decir debemos esclarecer sobre la verdadera situación socio-política y cultural en la que estamos insertos de manera tal que el pueblo argentino pueda tomar conciencia de la tragedia que vive nuestra Nación.
Ciertamente que esta no es una tarea para nada fácil pues hay ciertos sectores –relativamente sanos- de la sociedad que se niegan a entender que no hay contradicción entre el progresismo y el capitalismo liberal, ya que ambos en realidad son brazos de una misma tenaza que maneja el Imperialismo Internacional del Dinero. Estos sectores, conciente o inconcientemente, son funcionales al Sistema.
Debemos convencer a estos ingenuos y/o necios que la opción de votar al mal menor, o a los partidos de la derecha que prometen solucionar problemas como el de la inseguridad, la insurrección social piquetera, o el revanchismo setentista y montoneril; no constituye ninguna solución pues no se ataca a las causas del problema sino a algunas de sus consecuencias.
Y lo que es mas grave se cae en la trampa dialéctica tendida por el enemigo.
En realidad la verdadera solución pasa por develar el engaño, poner en evidencia la complicidad de la clase dirigente partidocratica con el Poder del Dinero, desplazarla progresivamente y cambiar el actual Sistema o Régimen de dominación. Solo así podremos recuperar nuestra independencia nacional.

lunes, 29 de febrero de 2016

CRISIS DE PODER Y NECESIDAD DE CONSOLIDAR EL NACIONALISMO


Por Martín Ledesma

Es evidente que muchos no entienden el concepto de “poder”. Los liberales se han creído su propio cuento de que el poder viene de las urnas y hoy su versión bastante berreta llamada PRO o “cambiemos” está sufriendo las consecuencias. No se dan cuenta aún que las leyes no son fuentes de poder sino consecuencias de un poder que ya se tenía anteriormente. Las leyes no dan poder, las leyes necesitan poder para ser aplicables.

Los liberales se engañan a sí mismos, pensando que porque la ley dice que consiguieron que la gente meta más papeles de su partido en las urnas ya tienen el poder asegurado, solo porque “la ley” así lo dice. Se olvidan que el poder no es ni más ni menos que la capacidad de imponer los propios puntos de vista, sean estos justos o injustos, “legales” o no, y ese poder reside en última instancia en la fuerza organizada, en la capacidad de que un grupo de personas lleguen a un consenso para imponerse a otro con menos recursos, peor organizada o, directamente, no organizada.

Los liberales deberían recordar su llegada al poder, que fue derrocando reyes y cortando cabezas durante la revolución francesa, allí el poder lo tuvieron ellos, pero no en el momento en que decapitaron a la aristocracia, sino antes, en cuanto ya estaban mejor organizados que las monarquías en decadencia, y nadie se detuvo a pensar si cortar cabezas era compatible con la “legalidad monárquica”. Lo que vino después, las asambleas, las constituciones, no son más que formalizaciones de un poder que ya se tenía de hecho.

A lo que voy con todo esto es que el PRO ganó una elección, pero no tiene aparato para defender dicho triunfo. No tiene poder, no tiene un grupo de gente organizada que imponga y defienda su “derecho” a gobernar que le dio la legalidad liberal. Sus votantes son solo eso, votantes, capaces de dar un voto, pero no de “poner el cuero” por este gobierno. Es un gobierno débil.

Después de esto lo que el sistema le va a presentar a la población, a través de sus medios de comunicación, es la vuelta del kirchnerismo recargado o en última instancia, su salvavidas de emergencia, la izquierda, llámese MST, Partido Obrero, etc. En el fondo más de lo mismo.

Por esa razón el nacionalismo tiene que ajustar sus estructuras, aprovechando que las fuerzas tradicionales están atomizándose, mostrarse, militar, hacer propaganda, como ya muchas agrupaciones lo están haciendo, mostrarse como alternativa, y en última instancia unirse las distintas organizaciones en un movimiento, detrás de objetivos claros y con una unidad de concepción que permita consolidarlo en el largo plazo, y poder ganar poder, poder propio real, no el ficticio de las urnas, para poder terminar con esta “legalidad” burguesa y poder imponer un verdadero estado representativo y orgánico, donde todas los sectores productivos y del quehacer nacional tengan representantes directos, y no políticos salidos de esas escuelas de corrupción, financiados por el dinero de los usureros nacionales e internacionales, llamados partidos políticos.

martes, 3 de mayo de 2011

CAMBIO DE RUMBO

Con las próximas elecciones presidenciales apareciendo sobre el horizonte político de la Argentina quizás valdría la pena analizar la posibilidad de un cambio de rumbo. No precisamente desde la perspectiva de los adoradores del cambio que juran que todo cambio es tan necesario como inevitable y, es más, hasta insisten machaconamente en que el cambio es algo bueno de por sí. Porque, según dicen, obliga a “renovarse” y, como todo el mundo sabe, se supone que lo “nuevo” es siempre muchísimo mejor. Pero aun dejando esas tonterías marketineras de lado, es bastante obvio que la Argentina está ya madura para, al menos, replantearse unas cuantas cosas.

Porque hay muchas, demasiadas, cosas que decididamente andan mal. Por de pronto, la actitud general de los políticos ante justamente esas cosas que andan mal. Tomemos, por ejemplo, algo tan obvio y evidente como la inflación. Las dos actitudes que podemos observar frente al fenómeno son realmente típicas de los políticos que tenemos.

El gobierno sencillamente opta por la negativa. Según el INDEC, Guillermo Moreno y la Casa Rosada, no hay inflación. Todo está fenómeno y sólo hay una pequeña “dispersión de precios”. Por lo tanto, parece ser que el criterio de esta parte del espectro político es que podemos solucionar un problema mediante el simple expediente de negar su existencia.

La oposición, por su lado, se rasga las vestiduras denunciando la existencia de una inflación real de entre un 20 y un 30% anual (por ahora) y escandalizándose por la manipulación más que evidente de los datos en la metodología adoptada por el INDEC. Pero, más allá de poner el grito en el cielo y de criticar el “modelo” del gobierno, la oposición no ha impulsado ninguna solución coherente, real y concreta al problema. Por lo tanto, parece ser que el criterio de esta otra parte del espectro político es que podemos solucionar un problema mediante el simple expediente de denunciar su existencia y discutir hasta el día del Juicio Final las mil posibles alternativas.

De modo que, realmente, creo que sería hora de cambiar de rumbo porque, si ante los problemas seguimos aplicando el método de negar su existencia o discutir in aeternum su solución, al final me temo que esos problemas terminarán explotando de un modo o de otro y a esa explosión tampoco la vamos a resolver con políticos que seguramente se pasarán el día echándose la culpa los unos a los otros. Porque, como todos sabemos, en el ámbito político argentino el encontrar a un culpable siempre ha sido muchísimo más importante que hallar una solución.

Lamentablemente, cambiar de rumbo nunca es fácil. Cuando una persona se ha acostumbrado a determinada orientación – y más todavía cuando se ha comprometido con esa orientación – se resiste a abandonarla. Por un lado, el abandonar el sendero habitual, siempre se percibe como algo incómodamente riesgoso; por el otro lado, abandonar algo con lo que uno se ha comprometido equivale siempre a reconocer que el compromiso fue un error.

Por ello, en principio a nadie le encanta la idea de cambiar de trayectoria y los cambios de dirección siempre resultan traumáticos. Hasta en el mundo material se puede observar un fenómeno muy similar. Todos los objetos del universo tangible poseen masa y la masa es esencialmente pasiva. “Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por una fuerza externa que actúe sobre él.” Es la clásica primera ley de Newton que conoce cualquier estudiante de física. Poniéndolo en términos algo más filosóficos, su equivalente sistémico vendría ser algo así como “el ser abandonado a sí mismo tiende al no ser” ya que se deja arrastrar hacia abajo por el tobogán entrópico de la termodinámica hasta que, finalmente, alcanza un estado de desorden y de desestructuración al cual, desde la antigüedad griega, llamamos “caos”.

Es realmente sorprendente cómo los griegos, al menos en el plano de los conceptos abstractos, se adelantaron en más de veinte siglos años a las actuales teorías científicas de nuestras ciencias “duras”. Por ejemplo, ya sabían que la decadencia y la descomposición de una comunidad humana comienzan con muy pequeñas modificaciones en las profundidades de la conciencia, con lo que prefiguraron nuestra moderna teoría del caos según la cual, en los sistemas de equilibrio dinámico, muy pequeñas modificaciones pueden llegar producir enormes consecuencias. Al quiebre del orden interno del espíritu, ya sea individual o social, los griegos lo llamaban “anomia” y a la segunda fase de este estado la conocían como “anarquía”. Esta segunda fase se caracteriza por la manifestación en el ámbito humano de la descomposición del orden natural que los helenos consideraban como algo sagrado; es decir: intocable. En este estado final anárquico, el orden natural o bien desaparece por completo, o bien se mantiene por medios artificiales con lo cual lo que se obtiene es tan sólo un orden formal; es decir: la apariencia de cierto orden que encubre – con mayor o menor éxito – la anarquía subyacente.

Tal como lo demuestra la Historia de todas las civilizaciones anteriores a la nuestra, si este rumbo se mantiene, lo que ocurre al final es la decadencia irreversible que, a su vez, culmina en el caos de la descomposición final.

Si analizamos ahora el rumbo del “movimiento rectilíneo y uniforme” de la política argentina de la(s) última(s) década(s) no es muy difícil darse cuenta de que su orientación es hacia un caos suicida. Por supuesto, es muy difícil determinar con exactitud en qué punto del plano inclinado entrópico de la anomia, la anarquía y el caos nos encontramos en la actualidad. Mi opinión personal – y, por supuesto, nadie tiene la obligación de estar de acuerdo conmigo – es que estamos más o menos a mitad de camino entre la anomia y la anarquía. O, quizás, un poco más cerca de la anarquía que de la anomia. Y seguiremos moviéndonos en la dirección del caos total de un modo rectilíneo y uniforme mientras, por un lado neguemos la existencia de las fuerzas que impulsan el movimiento y, por el otro lado, sigamos en la esterilidad de discutir ad infinitum cuales serían esas fuerzas en absoluto y qué se supone que deberíamos hacer con ellas. En algún momento, alguien tendrá que tener el coraje de poner las cosas en su lugar y llamarlas por su nombre, por más políticamente incorrectos que sean esos nombres y por más antipático que sea el ponerlas en el lugar que les corresponde.

Dejando de lado ahora a Newton, a los griegos y a la física, en la actualidad ya es inocultable que la Argentina está a la deriva. La política argentina se parece a un barco que se deja llevar por la correntada de un río mientras su capitán y sus primeros oficiales se dedican a la improvisación y a las discusiones estériles. El nunca definido ni concretamente explicitado “modelo” del gobierno se basa en una nebulosa ideológica que, en los hechos, se limita al proverbial hacer lo que se nos ocurre, cuando se puede, porque se puede y si conviene o no hay más remedio. La llamada oposición, a su vez, se limita a criticar lo que salió mal, a callar lo que salió bien y a armar un escándalo sobre lo que el gobierno no hizo, porque no se le ocurrió, o porque no quiso, no pudo, no supo, o no le convenía hacerlo. De este modo, mientras en el gobierno y su entorno están ofendidísimos por el hecho de que la oposición no les reconoce los logros y les critica todos los fracasos – además de todas las improvisaciones y todas las corruptelas – los miembros de la oposición se pelean entre sí por el premio al mejor criticón. En buena parte, obviamente, debido la envidia que despierta el quedar siempre fuera de las corruptelas.

No falta, claro, quien señale que precisamente este juego dialéctico de críticas y contracríticas constituye la esencia de la democracia. Pues si lo es, no estaría de más que, mientras duran los torneos dialécticos, al menos alguien le diga al timonel qué tiene que hacer. Alguien debería por lo menos velar por la conservación de la nave mientras discutimos adonde demonios queremos llegar. Porque así como están las cosas, el timonel no tiene ni idea de qué rumbo tomar. Más aun: últimamente estoy empezando a sospechar que el barco llamado Argentina ya ni siquiera tiene timonel.

El problema básico está en que, en lugar de dejarnos llevar por la corriente, tendríamos que girar el barco ciento ochenta grados y empezar a navegar río arriba. Tanto la correntada demoliberal de “derecha” como la socialdemócrata de “izquierda” nos arrastran a un rumbo de colisión.

Los liberales persiguen su sueño de reducir al Estado a su más mínima expresión administrativo-burocrática para dejar el campo libre al zorro financiero libre dentro del gallinero social libre. Dicho sea de paso: al día de hoy sigo sin entender por qué a esto ahora se lo llama "derecha" cuando todas las verdaderas corrientes de derecha que ha conocido la Historia han propugnado exactamente lo contrario. Tanto José Antonio Primo de Rivera como Ramiro de Maeztu – para nombrar sólo a dos y del ámbito hispano – hubieran sacado carpiendo a cualquiera que les hubiera propuesto reducir el Estado para cederle el terreno al capitalismo.

Por su parte, los marxistas, en más de 150 años en ningún lugar del planeta consiguieron organizar un Estado perdurable que funcionara realmente bien. A pesar de eso, insisten en proclamar que todo se solucionaría desatando una guerra de clases en la cual quienes menos tienen simplemente eliminarían a los que más tienen. En su versión vernácula, esta propuesta de cambio por la vía de la guerra civil la tenemos en esa izquierda setentista y su delirio de convocar a “las masas” para una aventura revolucionaria que elimine a “la oligarquía”. Y, dicho sea de paso otra vez: lo que en esto no termino de entender es por qué se lo llama "progresismo". La idea de conquistar al Estado lanzando a "los pobres" contra "los ricos" es el truco más viejo de la demagogia política. Lo inventaron los políticos griegos y romanos hace ya más de 2.000 años. Nota al margen: y a ellos tampoco les funcionó.

El hecho es que todos empujan hacia el caos. Los liberales al proponer un rumbo hacia la anomia producida por un Estado incapaz de cumplir con sus funciones esenciales. Los "progresistas" al insistir en el resentimiento como impulso político principal para producir una anarquía que – entre otras cosas por medio de una justicia patológicamente permisiva e incapaz de poner orden en la calle – haría saltar por los aires la estructura básica misma de cualquier sociedad en aras de una quimera sociopolítica inviable. Así, mientras la “derecha” empuja hacia la anomia, la “izquierda” empuja hacia la anarquía. Y en el medio tenemos a un gobierno supuestamente peronista que no sabe qué rumbo tomar a fin de no perder ni financiación ni votos.

Pese a quien le pese, hay que llamar las cosas por su nombre. El problema argentino no es solamente la ineptitud política del gobierno ni tan sólo la boconería estéril de la oposición. El problema argentino es todo el sistema político en sí mismo. Un sistema que, convengamos en ello, no es exclusivo de la Argentina pero que el país no ha conseguido superar ni mejorar. Ni siquiera ha conseguido hacerlo funcionar razonablemente bien.

Por de pronto, es un sistema que, en última instancia, está basado en el dinero. Quien no tiene dinero no puede tampoco afrontar el costo de una campaña. Quien no puede pagar una campaña, no es conocido. Obviamente, quien no es conocido no consigue votos. Y quien no consigue votos, no llega al poder. Por lo tanto, lo primero que todo político tiene que hacer en este sistema – antes incluso de tener cualquier idea brillante – es conseguir el dinero que hace falta para montar una buena campaña. ¿Cómo lo consigue? Mejor no pregunten.

En segundo lugar, cualquier campaña democrática se basa en una mezcla de demagogia e hipocresía en proporciones variables. De lo que se trata es de conseguir votos. Por lo tanto, se trata de prometer lo que la mayoría de los votantes quiere escuchar y el maquillaje mediático deberá hacer más o menos creíble esa promesa; siendo que esto último, a su vez, también cuesta dinero, por supuesto. De modo y manera que, puesto que “los pobres” – sea lo que fuere que se entienda exactamente por esa expresión – constituyen una proporción relevante del electorado, todos los discursos, sean de “derecha” o de “izquierda” deberán, obligadamente, contener mensajes amigables dirigidos especialmente a ellos. No hay político al que no se le parta el corazón por la existencia de los pobres. Pero ¿quién se ocuparía de ellos si representaran algo así como, digamos, tan sólo el 2% de los votos? De hecho, la enorme mayoría de los políticos sólo se ocupa realmente de los pobres a la hora de tratar de obtener los votos de la pobreza. La verdad es que para muchos políticos, especialmente los de cierta izquierda, la existencia de esa pobreza es más un capital político a explotar que una lacra a eliminar. Más de uno especula con tomar medidas para reducir la pobreza solamente después de llegar al poder y, mientras tanto, torpedea sistemáticamente todos los intentos de algún competidor que trata, eventualmente, de hacer algo para reducir la miseria.

Aunque, en todo caso, también es cierto que lo que se hace es poco y, buena parte de lo poco que se hace, se hace mal. Por ejemplo, una política asistencialista o de subsidios no elimina la pobreza; solamente la disimula en tanto y en cuanto haya plata (ajena) para repartir y se esté conforme en aceptar la catarata de corrupciones y clientelismos que ese reparto genera. Todo el mundo repetirá, por supuesto, que no hay que regalar el pescado sino enseñar a pescar. Pero el hecho concreto es que, en la mayoría de los casos, ni hay donde ir a pescar, ni en los lugares de pesca quedan ya tantos peces como antes. Un montón de empresas cerraron, o se fueron, y las que quedan no crecen al mismo ritmo en que aumenta la demanda laboral, por más que se publiciten tasas de crecimiento económico favorables. Las tasas de crecimiento miden cantidades de dinero y el problema que tenemos es de cantidad de puestos de trabajo productivo. No sólo los que se necesitan ahora, sino los que necesitará la próxima generación.

En otras palabras: lo que hasta el día de la fecha el kirchnerismo no ha conseguido entender es que el problema básico de la pobreza no es un problema de políticas sociales sino un problema de políticas económicas. Específicamente: es un problema de la organización del trabajo. De la creación, de la oferta, y de la organización del trabajo. Pero claro, organizar el trabajo para todos es un poquito más complicado que organizar el fútbol para todos. Y, por supuesto, se perdería más de un voto si alguien tratase de imponer la tendencia de volver a llevar al trabajo regular y cotidiano a todos los que ya se acostumbraron a vivir de subsidios. Muy en especial se generaría la enemistad declarada de quienes se acostumbraron a vivir del repartode esos subsidios. Ni hablemos del aquelarre que se produciría entre los jeques sindicales si a alguien se le ocurriese la peregrina idea de señalar que todo trabajo bien organizado requiere un mínimo de disciplina laboral. Y no me quiero referir ahora al tema del manejo y la administración de los aportes que genera la actividad laboral porque eso equivaldría directamente a meter el dedo en el ventilador.

La Argentina ¿puede continuar así? ¿Puede seguir haciendo el papel del barco arrastrado por la corriente de los acontecimientos? ¿Puede seguir de improvisación en improvisación, con solamente esa vaga noción romántica, convertida en ideología política, de distribuir generosamente la riqueza ajena entre pobres que cada vez tienen menos oportunidades e incentivos para participar de un trabajo productivo? Para que exista riqueza alguien la tiene que generar, y para que la distribución sea justa al que le toca una parte tiene que haber participado en su generación de un modo proporcional a esa parte. Si el que la genera lo hace explotando a los demás, la solución no está en sacarle parte de lo ganado para distribuirlo entre los explotados. La solución está en impedirle que siga explotando a los que contribuyen a generar la riqueza. Y para eso no es necesario ni cerrar, ni expropiar, ni estatizar ninguna empresa, ni permitir piquetes, ni declarar huelgas. Basta con un Estado que se ocupe de solucionar problemas con un mínimo de sentido común y con la suficiente fuerza, autoridad y determinación como para imponer reglas, normas y procedimientos justos.

Pero, para hacer posible algo así, hay que dar vuelta el barco y empezar a navegar contra la corriente. Hay que atacar los problemas en forma objetiva y eficaz, sin ponerse primero a evaluar el "costo político" de las medidas, o a ver quién se lleva el “rédito político” de la solución. Hay que poner al frente de cada proyecto a personas que realmente entienden del problema y no a algún abogado amigo que se cree tan multifuncional que aceptaría ser gobernador de provincia con la misma liviandad irresponsable con la que asumiría como secretario de transportes o director de cultura; y todo eso tan sólo para renunciar en la mitad de su gestión y postularse como candidato a senador o diputado. Hay que poner la estructura financiera al servicio de la producción de bienes y servicios y romper con el esquema actual en dónde la producción, o bien está al servicio de las ganancias financieras, o bien queda relegada a un segundo plano frente a la posibilidad de alguna inversión puramente especulativa. Hay que reestructurar por completo el sistema político saliendo del actual en dónde cualquier politicastro puede hacer cualquier promesa irrealizable y hasta puede ofrecerse como “candidato testimonial” no asumiendo siquiera el cargo para el cual se postuló, con lo cual al final nadie sabe exactamente qué es lo que vota y a veces ni siquiera a quién vota. Hay que emancipar a la política de la dictadura del dinero que paga las campañas. Hay que sacarse por fin la careta, llamar pan al pan y vino al vino, y establecer de una buena vez por todas qué país queremos, cómo lo vamos a construir, con qué lo haremos, quiénes serán los responsables por hacerlo, cuales serán los costos, quiénes los pagarán, quiénes serán los beneficiarios y cuales serán las prioridades del plan.

Pero no se preocupen queridos amigos. Nada de eso sucederá. Ni de aquí a Octubre, ni tampoco después. Los que podrían tener el proyecto no tienen los votos, y los que tienen los votos no tienen un proyecto así.

Así que relájense, disfruten del espectáculo y admiren el paisaje. Y cuando el barco encalle, porque va a encallar, háganle caso a cualquiera que proponga remar contra la corriente. Porque río abajo amenaza el caos y la única salida posible es río arriba.

Denes Martos
29/Abril/2011


Voy a tomarme el atrevimiento de hacer dos pequeñas observaciones al texto: Una es que el autor considera de "derecha" o "verdadera derecha" al falangismo (él cita a José Antonio), cosa con la que nosotros no coincidimos, ya que consideramos a dichas clasificaciones (izquierda, centro, derecha) como sistémicas, arrastradas desde la subversión Francesa de 1789 hasta nuestros días y usada por las tendencias actuales herederas de esas filosofías Iluministas, por lo tanto no vemos mal que se clasifique a los liberales como derecha.

La otra Observación es que el autor invierte los términos de oferta y demanda de trabajo, cosa que es muy común en no especializados, ya que instintivamente se tiende a interpretarlos de esa manera. En el texto, donde dice oferta de trabajo, debería decir demanda de trabajo y viceversa, ya que la demanda de trabajo es la que ejercen las empresas, la empresa demanda fuerza de trabajo y no es el trabajador el que demanda trabajo, sino el que lo ofrece, ofrece su fuerza de trabajo. Utilizados lo termino de esta forma (la correcta) se es coherente con la ley económica de la oferta y la demanda, es decir, cuando sube la demanda ( las empresas necesitan mas empleados) tienden a subir los salarios ( "precio de la fuerza de trabajo" ), en cambio si sube la oferta ( mas gante ingresa al mercado laboral) los salarios tienden a disminuir.


La Lacebrón Guzmán

martes, 28 de julio de 2009

PARA PRINCIPIANTES

LA NACION
La nación pertenece al orden natural. Es naturaleza. Su origen está en la familia misma, que trasciende, inicialmente, al clan y a la tribu, por una acción cuantitativa, hasta devenir concretamente en "nación". Por natural, entendemos lo que le ha sido "dado" al hombre; por histórico, lo que está en el mundo de las decisiones humanas. Lo que el hombre no puede cambiar, es naturaleza, en lo que puede influir, es historia. Lo que el hombre crea, es cultura.
En su inicio pues, la nación representa una unidad racial y la convivencia de las familias que la integran, en un mismo lugar. Por consiguiente, en la idea de nación, están implícitos el mismo origen y el mismo paisaje, o sea, una raza armonizada plenamente en su raíz biológica y en su adaptación telúrica.
En realidad, las naciones son agrupaciones de grandes ramas consanguíneas. Aún en los países que han sufrido grandes procesos migratorios, esto vuelve a ser una realidad al cabo de cierto tiempo. Un hombre, a través de veinte generaciones, tiene más de quinientos mil antepasados. Si una región, hace cuatrocientos años, tenía cien mil habitantes y no ha sufrido introducción de elementos foráneos de cierta importancia numérica, virtualmente los habitantes actuales son todos parientes consanguíneos entre si.
Todos los elementos en conjunto: unidad de raza, influencia del paisaje, adaptación vital al medio ambiente y evolución cuantitativa que se traducirá en una heterogeneidad cada vez mayor y más compleja del ser nacional, darán definitivamente el fenómeno "nación", cuya característica distintiva será el "temperamento" nacional, más preciso que las características somáticas, y más rápido que éstas en adquirirse y definirse.
Este fenómeno natural que es la nación, puede sufrir -y generalmente sufre- modificaciones en su ser genuino. Tanto el paisaje, con su tan íntima y directa influencia sobre la raza, como la raza misma, pueden cambiar o variar por causas naturales o históricas.
Cuando se pierde momentáneamente la unidad consanguínea, el paisaje vuelve a adquirir su importancia como forjador de razas, aunque su influencia, casi imperceptible para nosotros por su lentitud, provocará las consiguientes crisis en la evolución del ser nacional.
Cuando, además de quebrada momentáneamente la unidad consanguínea, no exista la fijeza o la unidad en el paisaje, la nación perdurará, no obstante, como tal, en virtud de un nexo psicológico: la voluntad de ser nación, que es al comienzo una necesidad de la vida común, y que luego, en etapas más evolucionadas en sentido de madurez -nunca de perfección- deviene sutilmente en poderosa idealización que llegará a crear en los individuos, nada menos que una jerarquía de valores.
A medida que el ser nacional evoluciona cuantitativamente, se opera una inversión, en orden de importancia, de sus elementos constituyentes. De la raza armonizada con el paisaje y tenuemente vinculada por el nexo psicológico -casi innecesario entonces- se pasa al nexo psicológico como factor principal de la constitución de la nación. Y tanto que, a veces, llega a ser absoluto y único, ya que puede darse el caso de que no exista, en un momento histórico determinado, la unidad racial y de que haya desaparecido el paisaje, por el cambio del paisaje o la variedad del mismo dentro del propio territorio y no obstante, la nación subsista y conserve intactas sus posibilidades de viabilidad.
Pocas son las naciones que han podido conservar cierto grado de pureza racial, no de unidad racial, esta sí, fácil de lograr y de conservar. Las migraciones, por causas bélicas, económicas, religiosas o políticas, han alterado permanentemente, en un constante fluctuar histórico, la pureza de las razas. La migración, en quienes emigran, implica asimismo el cambio de paisaje. En cuanto a la ausencia de paisaje -y que por su misma ausencia crea un influencia de carácter psicológico que reemplaza la específica de carácter telúrico- aparece sólo en ciertas expresiones excepcionales de "nomadismo cultural", de las cuales son una grotesca supervivencia -inclusive por su desconexión con el tiempo- las tribus gitanas. El mismo caso se da aunque con caracteres peculiarismos, en el pueblo judío y, desde luego, con mucha mayor nocuidad para las naciones que lo albergan. Más adelante veremos los problemas conexos que presentan en la actualidad, la supertécnica, la superpoblación, y conjugado con estos dos factores, el predominio nocivo de las grandes urbes sobre el espíritu de la tierra. Naturalmente, usamos el término de "raza" en su sentido habitual y convencional y no dentro del rigor científico.
Este nexo psicológico que en su inicio es simplemente un claro instinto gregario, no sólo participa de la necesidad y conveniencia de vivir en común, no sólo es un sentimiento de pertenecer a la comunidad nacional, sino que se traduce principalmente en una voluntad de pertenecer a la comunidad nacional omo ésta es y de conservarla como tal en su auténtico ser genuino, de tal manera que este nexo, para nosotros aparentemente psicológico tan sólo, llegará a constituir una ley de fidelidad específica.
La pertenencia del individuo a la nación es de carácter ineludible e inevitable como la sangre misma.En el prístino sentido de la palabra, se halla claramente expresado este concepto de origen, de filiación irreversible: nación de "nasce", nacimiento.
El "hacerce" de una nación, no está en contradicción con lo dicho. Ya que el "hacerse histórico", en el sentido de Ortega y Gasset, es un hacerse sobre una base natural. El "hacerse" deriva del "ser".
Y no solamente el hombre no podrá dejar de pertenecer a la nación, sino que tofo lo humano, todo lo que sea un producto o un producirse humano, será necesaria e ineludiblemente nacional.
EL ESTADO
En todo lo gregario, existe la necesidad de un orden, que, a su vez, requiere la presencia de un poder para su mantenimiento.
La necesidad de este orden responde a tres claras finalidades: la justicia, para la cohesión interna; la economía, para la perdurabilidad biológica y la defensa, para la supervivencia.En el mismo inicio del existir nacional, surgen “usanzas”, “costumbres”, que son aceptadas o consentidas por el común y cuya validez de conveniencia es universalmente reconocida. El poder –cualquiera sea la forma con que actúe o el órgano en el que se personifique- ejercido en función de la costumbre, surge espontánea y simultáneamente y se identifica, en ese primer instante histórico, con el concepto de “autoridad”.
Es entonces que nos hallamos ya, en presencia del “estado”, en sus caracteres más elementales pero suficientemente expresivos.
La costumbre, que está originada en motivos pragmáticos, pues nace de la necesidad y se dirige al bien común, es, en realidad, un “habito” del organismo social, en el estricto sentido filosófico del término. En etapas más evolucionadas, la costumbre deviene en ley. Y lo que caracteriza principalmente al estado, es la presencia de la ley, expresión cuasi-cultural del fenómeno histórico que es la costumbre. En virtud de la ley, el estado adquiere una personalidad, una individualidad propia y distinta.
Cuando el poder es ejercido fielmente, en función de la ley, deja de ser mero “poder” para convertirse en “autoridad”.
Pero el estado, que en su inicio parecía ser de origen natural –tan natural como la organización de una colmena- y que pertenece normalmente al orden histórico, llega, en ciertos momentos críticos de a vida nacional, a pertenecer exclusivamente al orden cultural.
Diríamos que el estado es una forma que corresponde a la corporeidad que representa la nación.
Cuando esta forma está determinada por los lineamientos generacionales de la corporeidad nacional, el estado es un fenómeno histórico- y obra en el sentido de la autenticidad del ser nacional.
Es lo que, co menos claridad, tortuosamente y en cierto modo tomando causa por efecto, trata de expresar Spengler cuando dice: “Un pueblo está en forma cuando constituye u estado”.
Cuando es una forma artificial que no coincide o no corresponde a la realidad corporal de la nación, es un fenómeno estrictamente cultural y obra en un sentido de adulteración del ser genuino.
Es decir, que cuando la estructura del estado es el producto de puras causas históricas; cuando es el producto de la auténtica evolución institucional de un pueblo, no ofrece problemas. En cambio, cuando esta estructura responde obedece a imposiciones “racionales” de “teorías” que contradicen al ser genuino, se origina el divorcio entre la nación y el estado, a consecuencia de lo cual se produce un fenómeno de carácter histórico, por el cual, o bien el estado altera o aniquila a la nación, dando lugar en todos los casos a una nación nueva y distinta, o bien la nación destruye al estado antinacional y recrea la legítima estructura del estado, que permitirá el auténtico existir de la nación.
EL estado, únicamente como fenómeno cultural, no puede alterar o destruir a la nación. Sólo puede hacerlo mediatamente, cuando llega a producir causas naturales o históricas. Si no llega a producirlas, el estado nacional es en realidad una pseudo forma, debajo de cuya aparente estructura, subsisten intactas las autenticas vivencias nacionales.
La lucha entre el estado como fenómeno histórico y el estado como fenómeno cultural, engendra la teoría del derecho.
De la alteración de los verdaderos caracteres de la ley (cuyo principal es la aceptación o consentimiento de la comunidad nacional); de la diferencia entre el concepto de “poder” y el de “autoridad” y de la degeneración del estado como fenómeno histórico, en el estado como fenómeno cultural, surgen los problemas que van a dar origen, como reacción de solución histórica, a ciertas expresiones particularísimas y circunstanciales del nacionalismo.
EL NACIONALISMO
El eje de la filosofía nacionalista, es la premisa de que toda nación tiene un ser genuino y que toda la dinámica de su evolución, debe estar destinada –últimamente- al desarrollo legítimo –en el sentido de fidelidad- de este ser genuino.
A su vez, este ser genuino, se traduce en un existir esencial y en un existir formal. Es decir, en una evolución natural de la comunidad política implícita en la nación y en una coetánea evolución institucional. Ambas son el producto del ser genuino. Se influyen recíprocamente entre sí y a su vez, influyen reflexivamente sobre aquél.
Los problemas y conflictos que se derivan de estas circunstancias son permanentes. Han existido siempre aunque condicionados, como es lógico, a las circunstancias históricas. Van ceñidos estrictamente a todas las características sociológicas y están determinados, en primer lugar, por la naturaleza religiosa y biológica de cada ser nacional y luego por las influencias espirituales y culturales por un lado, y por las formas institucionales del derecho público y privado por el otro.
El conflicto cardinal surge cuando estas evoluciones son deformadas caprichosamente por propósitos o intereses ajenos al ser nacional. Entre estos propósitos figuran, por ejemplo, la subordinación del ser nacional a “teorías” institucionales extrañas, como en el caso de la Argentina en 1853; a intereses dinásticos, como en el caso de los Habsburgos, no sólo al dificultar la unificación de Alemania, sino y principalmente, en cuanto intentaron la desgermanización de Austria; a la influencia de minorías que no se integran en las naciones que las albergan; a la simple penetración imperial o al predominio liso y llanamente extranjeros, como en el caso de Flandes afrancesado o Polonia rusificada.
La naturaleza religiosa y biológica, obra en el sentido de la autenticidad, siempre inequívocamente, ya que, como acertadamente dice Belloc, “el tono y carácter de toda sociedad proceden en último término de su filosofía activa: esto es de su religión”. En cambio, las influencias culturales y las formas institucionales, pueden obrar, a veces, en el más peligroso sentido de contradicción, o con toda precisión, podríamos decir, en un sentido de “sofisticidad” del ser genuino de la nación.
Dentro del mundo llamado “occidental” las influencias culturales han sido más características de la época moderna y ello se debe a que nunca, las ideologías, las corrientes espirituales y artísticas y las formas institucionales, has tenido un origen más “teorético”, más “racional”, más “desarraigado”, que en los últimos tiempos. De manera que, a través de minorías de intelectuales, lejanos y aún divorciados del espíritu del país; ajenos –dentro de lo relativo de esta posibilidad- a sus comunidades nacionales, las expresiones culturales y las instituciones de derecho, han sido creaciones “artificiales” de los individuos menos nacionales, y aparecen impuestas a la nación, con el resultado, consciente o no, de subordinar su acción, no al ser genuino, como sería el proceso auténtico, sino a otros propósitos, de distinta naturaleza, pero siempre extranacionales.
Frente a esto, el nacionalismo aparece como tendencia espontánea orgánica, casi como el instinto de conservación de la vida en el individuo, o mas acertadamente, la conservación de su personalidad, de su concepción del mundo, de lo que él considera su goce de la vida, su particular idea de la felicidad, en suma, la libertad de su sujeción. Naturalmente que hay individuos que pierden su personalidad, o que se suicidan, y hay naciones que también se suicidan, o deslíen su personalidad, o varían en una gigantesca anormalidad social.
Por eso, la fuerza del nacionalismo en un pueblo, depende de su salud, de su estar en forma. Y en crisis supremas en que parecen perderse, muchos pueblos sacan reacciones insospechadas y se dan los fenómenos extremos del nacionalismo: el más nítido de ellos, la conquista del estado para preservar, a través de éste, la vida de la nación.
Si la nación es una protoforma, el nacionalismo es la sana intención de que ésta permanezca dentro de dicha protoforma.
La nación es naturaleza, pero el nacionalismo, como excepcional movilización del alma, puede ser historia en instantes decisivos. Cuando la nación está sana, el nacionalismo es consubstancial con ella, es instintivo, pero cuando no, surge el nacionalismo no ya como un suceder, espontáneo y fluente, sino como un volver a ser deliberado y volitivo; el fenómeno natural se hace fenómeno histórico.
Claramente pues, la intención del pueblo de permanecer fiel a la nación, fiel a la personalidad nacional, fiel al ser genuino de la nación, es lo que constituye el nacionalismo.
Fragmentos del libro "Universalidad del Nacionalismo", de Emilio Juan Samyn Duco